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3/7/26

Ajedrez de Kjell Askildsen






Ajedrez

Kjell Askildsen


El mundo ya no es lo que era. Ahora, por ejemplo, se vive más tiempo. Yo tengo ochenta y muchos, y es poco. Estoy demasiado sano, aunque no tenga razones para estar tan sano. Pero la vida no quiere desprenderse de mí. El que no tiene nada por qué vivir tampoco tiene nada por qué morir.

Tal vez sea ese el motivo.

Un día hace mucho, antes de que mis piernas empezaran a flaquear seriamente, fui a visitar a mi hermano. No lo había visto desde hacía más de tres años, pero seguía viviendo donde fui a visitarlo la última vez.

-Sigues vivo -dijo, aunque él era mayor que yo.

Me había llevado un bocadillo y él me ofreció un vaso de agua.

-La vida es dura -dijo-, no hay quién la aguante.

Yo estaba comiendo y no contesté. No había ido allí a discutir. Acabé el bocadillo y me bebí el agua. Mi hermano miraba fijamente hacia algún punto situado por encima de mi cabeza. Si me hubiera levantado y él no hubiese desviado la mirada antes, se habría quedado mirándome directamente, pero sin duda la habría desviado. Mi hermano no se encontraba a gusto conmigo. O dicho de otro modo, no se encontraba a gusto consigo mismo cuando estaba conmigo. Creo que tenía mala conciencia o, al menos, no buena. Escribió una veintena de novelas muy largas. Yo solo he escrito unas pocas, que además son breves. A él se le considera un escritor bastante bueno, aunque un poco obsceno. Escribe mucho sobre el amor, sobre todo el amor físico, no pregunto dónde lo habrá aprendido.

Mi hermano seguía con la mirada clavada en algún punto situado por encima de mi cabeza, supongo que se sentía en su derecho por las veinte novelas que tenía en sus nalgas fofas. Me estaban entrando ganas de largarme sin decirle el motivo de mi visita, pero pensé que después de la caminata que me había dado sería de tontos, así que le pregunté si le apetecía jugar una partida de ajedrez.

-Eso lleva mucho tiempo -dijo-, y yo ya no tengo mucho tiempo que perder. Podrías haber venido antes.

Debí levantarme y largarme en ese momento, se lo habría merecido, pero soy demasiado cortés y considerado, esa es mi gran debilidad, o una de ellas.

-No lleva más de una hora -dije.

-La partida sí -contestó-, pero a eso habría que añadir la excitación posterior o el cabreo si la perdiera. Mi corazón, sabes, ya no es lo que era. Y el tuyo tampoco, supongo.

No contesté, no tenía ganas de discutir con él sobre mi corazón, así que dije:

-De modo que tienes miedo a morir. Vaya, vaya.

-Tonterías. Lo que pasa es que mi obra aún no está concluida.

Así de pretencioso estuvo, me entraron ganas de vomitar. Yo había dejado el bastón en el suelo, y me agaché a recogerlo, quería que dejara de presumir.

-Cuando morimos, al menos dejamos de contradecirnos -dije, aunque no esperaba que entendiera el sentido de mis palabras. Pero él era demasiado soberbio para preguntar.

-No ha sido mi intención herirte -dijo.

-¿Herirme? -contesté levantando la voz. Era razonable que me irritara-. Me importa un bledo lo poco que he escrito y lo poco que no he escrito.

Me puse de pie y le solté un discurso:

-Cada hora que pasa, el mundo se libra de miles de tontos. Piénsalo. ¿Te has parado alguna vez a pensar en la cantidad de estupidez almacenada que desaparece en el transcurso de un día? Imagínate todos los cerebros que dejan de funcionar, pues es ahí donde se almacena la estupidez. Y sin embargo, todavía queda mucha estupidez, porque algunos la han perpetuado en libros, y así se mantiene viva. Mientras la gente siga leyendo novelas, ciertas novelas de las que tanto abundan, la estupidez seguirá existiendo.

Y añadí, un poco vagamente, lo confieso:

-Por eso he venido a jugar una partida de ajedrez.

Permaneció callado un buen rato, hasta que hice ademán de marcharme, entonces dijo:

-Demasiadas palabras para tan poca cosa. Pero les sacaré partido, las pondré en boca de algún ignorante.

Exactamente así era mi hermano. Por cierto, murió ese mismo día, y no es improbable que me llevara sus últimas palabras, pues me marché sin contestarle, y eso no debió de gustarle nada. Quería tener la última palabra y la tuvo, aunque supongo que habría querido decir algo más. Cuando recuerdo lo que se irritó, me viene a la memoria que los chinos tienen un símbolo en su grafía que representa la muerte por agotamiento en el acto sexual.

Al fin y al cabo éramos hermanos.

FIN


https://ciudadseva.com/texto/ajedrez-askildsen/
https://ciudadseva.com/autor/kjell-askildsen/cuentos/

2/5/17

Fermin de Abelardo Castillo


Fermín no era mejor que nadie, al contrario, tal vez fuera peor que muchos. No necesitaba estar muy borracho para romperle las costillas a su mujer, y prefería ir a gastarse la plata al quilombo en vez de comprarle alpargatas al chico. Era sucio, pendenciero y analfabeto. Opinaba que no se precisa ir al colegio para aprender a juntar fruta.
Sí, indudablemente Fermín no era una excepción en los montes del francés. Según contaban los juntadores, debía una muer¬te. Había sido en Santa Lucía, en un baile. Al otro le decían el chi¬leno. Fermín, en pedo, le manoseó la mujer, y el chileno cuando quiso echar mano ya tenía medio metro de tripa por el piso. Claro que ésa no era la única historia fea que corría por los montes, varios había con asuntos parecidos. Por eso, cuando para las elecciones vi¬no ese político y gritó ustedes los trabajadores son la esperanza de la patria porque en ustedes todo es puro, auténtico, porque ustedes todavía no están corrompidos, Fermín no pudo reprimir una sonrisita maliciosa. Y no sólo a él le dio risa.
–Ni en las casas me piropean tanto –comentó bajito.
Y era cierto. En su casa también sospechaban que Fermín no era, del todo, un varón ejemplar. Borracho putañero, eso sí le decían. El día menos pensado me lo agarro a mi hijo y no nos ves más el pelo. Eso sí le decían. Eso sí que sonaba auténtico. Pero la Paula no era capaz de irse, por qué se iba a ir, si el Fermín la que¬ría. Además, unos cuantos garrotazos por el lomo y la mujer se calma. Desde que había hablado el político, sin embargo, Fermín no les pegaba, ni a la Paula ni al malandrín de su hijo. Al fin de cuentas, cosas que dijo el hombre no daban risa, sobre todo cuan¬do Cardozo el más chico medio lo provocó y él, de ahí nomás de la tribuna, vea, le dijo, eso no es ser guapo, amigo, seguro que si el francés los grita no hacen la pata ancha. Y que la hombría se les despertaba en casa, con la mujer. Esa parte le había gustado, porque no era del discurso; le había gustado que dijera pata ancha. Y además tenía razón. Claro que en todo no tenía razón. A veces es un desahogo dar vuelta la mesa de una patada, o reventar un plato contra la pared.
El siete y medio también es un desahogo. Porque a Fermín, como a cualquiera, le gustaba el siete y medio. De noche, en el al¬macén del zarateño se armaban lindas tenidas. El tallador era un chinón, clinudo, que imitaba los modales de los compadres pue¬bleros, rápido para la baraja casi tanto como para el chumbo. Una sola vez lo habían visto actuar; el finado Ortega le gritó aquella noche: “¡Dame mi plata! Yo sé que estás acomodado con el francés pero, lo que es a mí, no me volvés a robar.” Y no volvió a robarle. El otro lo mató ahí nomás, en defensa propia: Ortega tenía el cuchillo en la mano cuando se refaló junto a la mesa. El comisario de San Pedro tomó cartas en el asunto, se lo vio conversando con el francés: a partir de esa noche quedó prohibido entrar en la trastien¬da del boliche, con cuchillo.
El político también habló de eso. Según dijo, venía a tener razón el finado Ortega. Claro que el político era del pueblo (veinte kilómetros hasta el monte más cercano) y que en el pueblo uno podía divertirse de otra manera; dos cines, dicen que había.
Sea como sea, de una semana atrás que Fermín andaba pen¬sativo. Y esa tarde, al cobrar, se quedó un rato con la plata en la mano, mirándola. ¿Venís a lo del zarateño?, oyó a la pasada y no supo qué contestar, se le atragantó una especie de gruñido. En el almacén de Ramos Generales había visto un vestido colorado, a lunares grandes. Lindo.
–A que se lo llevo a la Paula –decidió de golpe.
Y entró, y salió con el paquete bajo el brazo, y no compró alpargatas para el chico de casualidad. Iba a pedirlas pero le dio risa. Cha, qué bárbaro, se escuchó decir.
–Ni sé el número –dijo.
Cha que bárbaro, realmente. Ahora, en el camino hacia su casa, arrastrando el paso, mirándose fascinado el dedo que asomaba abajo, en la punta de la zapatilla, Fermín pensaba.
–¿Andas enfermo, Fermín?
–Eh, no. ¿Por?
–Digo. Por el tranco –el otro lo miraba, con intención–. Y como te volvías tan temprano.
Era cierto, gran siete. Desde el otro sábado que le debía un trago al Ramón. Entonces lo convidó al boliche. Y Ramón dijo que sí, después dijo:
–¿Y ese paquete?
–El qué. –Fermín se encogió de hombros y sacó el labio inferior hacia afuera, medio sonriendo. –Nada.
Lo del zarateño estaba lindo. Al fin de cuentas la Paula no lo esperaba hasta mucho más tarde y no era cosa de darle un susto, y una ginebra no le hace mal a nadie, ¿no?
Iban tres vueltas. Entonces Fermín se dio cuenta de que, de este modo, seguía debiendo una copa.
–Ginebra, zarateño, pa mí y pal hombre. Con el dedo índice tocó al hombre en el pecho y, echándose hacia adelante, agregó:
–Porque yo soy de ley, amigo.
La ginebra es áspera. Por eso, después del cuarto trago, la voz de Ramón era un poco más solemne que de costumbre:
–Yo también soy de ley, Fermín… ¡A ver, patrón!: dos ginebras.
–Ta bien, hermano; los dos somos de ley. Pero, la próxi¬ma, yo pago, y quedamos hechos.
–Ta bien.
Fermín tenía los ojos clavados en la cortina de la trastienda; vio en seguida cuando los hermanos Peralta salieron del interior. Eso significaba: dos sitios.
–¿Probamos?
–Probemos…
–Al siete y medio, pago.
La mano del tallador, morena y flaca, con una uña agresiva¬mente larga en el meñique, levantó de la mesa los mugrientos pesos que se apelotonaban junto a los naipes.
Se le achicaron, amarillos, los ojitos a Fermín. Ya hacía rato que el aire estaba caliente bajo la lámpara, espeso de humo y de ginebra. Fermín agachó la cabeza. Después, mirando al morocho por entre las cejas, preguntó, pausadamente:
–¿Qué era lo que decía Ortega? En la mesa hubo como un sacudón.
El chinón, despacito, se abrió la camisa hasta la altura del cinto. Luego, también despacito, comenzó a pasarse un pañuelo por el pecho sudoroso. Junto al ombligo, ingenuamente asomaba la cu¬lata del Smith & Wesson.
–¿Andas con ganas de ir a preguntárselo?
El morocho era filoso. Fermín sintió que la cara le ardía como si le hubieran pegado un tajo. Miró alrededor. Los hombres –Ramón también– rehuyeron sus ojos. A todos los había cache¬teado la fanfarronada del moreno.
–Ta bien –murmuró Fermín–. Ta bien, me vuelvo a casa. Vos, Ramón, ¿venís? No, mejor quédate. Todavía no te robaron todo.
Dio la espalda a la mesa y, arreglándose el pantalón a dos manos, encaró la cortina. Lo paró en seco la voz del morocho:
–¡Che!
Fermín se dio vuelta como tiro, buscando en la cintura el cuchillo que no tenía. Al otro le había aparecido el revólver en la mano. Sonrió:
–Te olvidas de algo –dijo, señalando con el caño hacia un rincón. Fermín se agachó a recoger el paquete de la Paula.
Me han basureao gran puta el político de mierda ese tenía razón somos guapos en las casas nos roban la plata y tamos con¬tentos. Fermín estaba parado en la puerta del prostíbulo.
Llamó de nuevo.
–Che, ¿te crees que nosotras no dormimos? –la voz opaca de doña María precedió a su rostro que, hinchado, asomó detrás de la puerta a medio abrir:
–¿A quién buscas?
–A la pueblera.
–No se puede, ya no atiende. Está acostada.
–Mejor si está acostada…
La mujer frunció la boca, dubitativa; luego, repentinamen¬te desconfiada, preguntó:
–¿Traes plata?
–No.
–¡Ah, no m’hijito! A esta hora y con libreta, no. Fermín puso el pie antes de que la puerta se cerrara:
–Oí… Traigo esto. Si te va apretao, lo cambias mañana. Y le alcanzó el paquete.

29/4/16

El hornero de Cesar Aira #diadelanimal



César Aira - El hornero

La hipótesis de la que parte esta investigación es que el ser humano actúa movido por un estricto programa instintivo, que se manifiesta siempre, en todas las ocasiones de su vida, hasta las que parecen más caprichosas o voluntarias; su libre albedrío «cultural», según esta hipótesis, no es más que una ilusión benévola con la que nos engañamos, ella misma también parte de nuestra carga innata. La propuesta suena arriesgada o directamente fantástica: la loca variedad de las vidas humanas, sin ir más lejos la extravagante irisación del pensamiento, lo imprevisible de la menor reacción o inspiración que nos asalta en cualquier momento, parecen desmentir la mera probabilidad de que todo esté preordenado; y si ya parece erróneo postularlo para una sola persona, ¿cómo explicar en esos términos las incalculables diferencias de humano a humano, así sea entre los más próximos y familiares? Pero justamente, la hipótesis propone que ésa es la ilusión, y basta con aceptar (no digo que sea fácil hacerlo) su calidad de ilusión para que todo se simplifique, para que las variaciones se despojen de pertinencia y caiga el velo que disimulaba la esencial uniformidad instintiva del hombre. No es necesario renunciar a esas variedades, ni sacrificar sus diferencias de «superficie» a una esencia de «fondo»; no existe tal esencia, todo es superficie. Pero ¿qué impide que toda la microscopía innumerable de los actos, pensamientos, deseos, sueños y creaciones de nuestra vida, todo lo que va sucediendo segundo a segundo desde que nacemos hasta que morimos, esté inscripto de antemano en nuestros genes, y que ese programa sea el mismo para toda la especie? Hoy día, la ciencia nos ha acostumbrado a prodigios informáticos mayores que ése. El hombre siempre estuvo muy seguro de obedecer a causaciones libres y superiores, «culturales»… Pero también desde siempre postuló esta misma hipótesis de la programación instintiva y la aplicó, con rigor fanático, a los animales.

No sé si habrá un modo de persuadir a nadie. La idea es demasiado chocante y arbitraria; y en cierto modo se muerde la cola, porque si nuestra programación no la incluye, ¿cómo podríamos aceptarla? Pero quizás sí la incluye, como lo prueba el hecho de que se me haya ocurrido a mí (y a otros antes). Lo que sí es cierto es que la persuasión está incluida en nuestros dones instintivos, lo mismo que la ficción.

Lo que el hombre ha venido creyendo de los animales es tributario del campo de la ficción. No digo que no sea cierto. ¿Cómo podría decirlo? Tomémoslo en su valor facial: se puede invertir la perspectiva. Supongamos, en honor de la demostración, el razonamiento que podría hacer un animal cualquiera sobre el asunto. Se me dirá que los animales no hacen razonamientos. Muy bien, no tengo inconveniente en cambiar la palabra; de todos modos, es apenas una cuestión de definiciones (y además, sé que no me estoy expresando bien). El «razonamiento» de un animal sería otra cosa, para la que no tenemos un nombre porque justamente siempre nos hemos mantenido de este lado. Olvidemos los cuentos y las fábulas, la hormiguita viajera, el oso gruñón, la zorra y el cuervo… O, mejor que olvidarlos, llevémoslos a sus últimas consecuencias. En lugar de «ficción» digamos «traducción», y hagamos traducción a fondo: es el momento de hacerlo, por lo demás, porque sólo la traducción puede llegar a fondo en este tema de la dialéctica naturaleza/cultura. Creo que va a quedar más claro con un ejemplo, pero haciendo la salvedad de que no es un ejemplo en el sentido convencional, de un particular extraído al azar de un general mediante el discurso. Esto es todo general, del principio al fin, general puro.

Supongamos un hornero, en el año 1895, en la provincia de Buenos Aires. Mantengamos un momento la perspectiva humana, para hacer mejor contraste.

El hornero comienza a edificar en otoño… mientras construye el nido el ave no pierde de vista a la gente… cuando la obra ha alcanzado su forma globular… se aparea para toda la vida y encuentra su alimento, que consiste en larvas y gusanos, sólo en el suelo… se pavonea con aires de gran gravedad… su voz fuerte, tintineante y animosa…

¡Basta! El lector ya habrá reconocido el tono. Es un hombre el que habla, un naturalista. Como todos los estilos, éste da por sentado la eternidad de su objeto. Hemos hecho de la vida de los animales una travesía de estilos; en el proceso, hemos vuelto nuestras vidas una travesía de estilos (por eso puedo llevar a cabo este experimento).

El hornero estaba construyendo su casita. Digamos que era el otoño, para no salirnos demasiado del verosímil, o por gusto nomás. Las tardes enormes del campo. Un chaparrón a las cinco. El 16 de abril de 1895. Retomemos una frase del párrafo del naturalista: mientras construye el nido el ave no pierde de vista a la gente (en su contexto, esta observación tiene por función explicar por qué la entrada de la casita queda siempre orientada hacia la casa o ranchos cercanos, o el camino). En sus largos ocios, el hornero pensaba…

Pero ¿es posible? ¿Es posible hacerlo, sin caer en Disney? ¿No es llevar demasiado lejos la traducción? Porque se puede aceptar el uso del verbo «pensar» como traducción, como un modo de entendernos, para referirnos a lo que sucede en el cerebro del animal, o en su sistema nervioso, o más precisamente: en su vida y en su historia. Pero ¿se puede aceptar el contenido de ese pensamiento? Aceptamos que yo diga que piensa. ¿Podemos aceptar que diga qué está pensando? Creo que sí. Porque es lo mismo.

Pues bien, ¿qué es lo que pensaba? Nada. Tenía la mente en blanco. El cansancio, la angustia (estas palabras también están tomadas como traducción, lo mismo que todas las que siguen; es la última vez que hago la advertencia) lo habían dejado estupefacto.

En la «traducción hornero» de sus sentimientos se sentía abrumado por una suma de calamidades, que era como veía su vida. ¡Tanto trabajo, tanto sufrimiento, tantas obligaciones! Y todo en la incertidumbre, en la necesidad de estar eligiendo siempre, sin saber nunca si elegía bien… Su única certeza, que anulaba el único consuelo posible, era que había una vía correcta, un modo de hacer las cosas bien, de ser feliz. Y nunca tomaría esa dirección, o la tomaría sólo para abandonarla en el primer cruce. Esta certeza se la daba la visión de los hombres, que tenía siempre frente a él. Ahora por ejemplo: la familia había salido a la galería de la casa, después de la lluvia, y estaban tomando mate. Les envidiaba el automatismo instintivo con que actuaban, los hombres y todos los demás animales, salvo el hornero, la especie maldita (según él). Se estremecía viéndolos cebar, pasándose el mate, toda esa ceremonia complicada, con uso de instrumentos, acompañada de palabras, gestos, movimientos… ¡Qué asombroso el instinto del hombre! Le permitía llevar a cabo ese intrincado ballet (y muchísimos otros: los estaba viendo siempre) sin vacilaciones, sin pensarlo, sin preguntarse si era lo correcto o no, sin deliberar, todo porque sí, porque así estaba escrito en los registros inmemoriales de su especie feliz. Mientras que él… Los horneros, se decía, habían pagado con el debilitamiento extremo del aparato instintivo la adquisición de las habilidades que les permitían sobrevivir. Era inútil, y quizás desagradecido, quejarse, pero sentía que había perdido demasiado. El ejemplo de los hombres se lo decía. Los hombres vivían, y sabían de antemano cómo vivir. El hornero estaba a merced del azar horrendo de las ideas, de las ocurrencias, de los estados de ánimo, de la voluntad y sus infinitos desfallecimientos, del clima, de la historia.

¿Cómo habían sabido que era la hora de tomar mate? En ellos la lluvia y su cesación no tenía nada que ver, porque solían tomar mate sin que lloviera o dejara de llover, o bien podía dejar de llover y no lo hacían. ¡La sabiduría insondable del instinto! Y cuánto lo disfrutaban, los desgraciados. Si se ponía a pensar que el mismo instinto los había llevado al almacén a comprar la yerba, a la cocina a poner a hervir el agua, a la cama a dormir la siesta… Eran perfectos. Máquinas perfectas de vivir. Toda una lección para un torturado infeliz como él. Pero ¿qué podía hacer, si la naturaleza no había dotado a su pobre especie de un instinto digno de ese nombre, como a todos los demás seres del mundo? No tenía sentido lamentarlo por lo que pasó, por ese fatídico desvío en la evolución que sacó al hornero de los caminos seguros de la adecuación… Quizás la solución estaba en seguir adelante, ir al fondo de la inadecuación hasta recuperar… No, era inútil, y además peligroso; no convenía empeorar las cosas.

A todo esto, cada vez se sentía peor. Tenía vértigo, todo le daba vueltas. ¿Qué estaba haciendo ahí, en la horqueta del tala, a seis metros del suelo? Él era un animal de tierra, la altura le hacía mal. Pero sucedía que por el momento no podía bajar porque una rata andaba rondando al pie del árbol, hambrienta y malhumorada. Bastaba que cayeran dos gotas para que a esa rata imbécil se le inundara la cueva, y se ponía frenética, asesina. Es cierto que él podía volar lejos y aterrizar en cualquier parte y caminar un rato, aunque más no fuera para descargar la inquietud. Pero era engorroso; después había que volver… ¿Y dónde encontrar un lugar practicable, con la cantidad de charcos que se habían formado? Valía más quedarse donde estaba, tratando de controlar el mareo. Además, tenía que esperar a la hornera, que había salido antes de la lluvia y quién sabe dónde se había metido; volvería mojada, embarrada, protestando, y tendrían que dormir húmedos y hambrientos, en esa ruina… Se volvió a mirar el nido a medio hacer. La indecisión le produjo un vértigo mental, que se sumó al físico y estuvo a punto de hacerlo caer como una piedra. La lluvia había elegido con sadismo el peor momento. Al cesar justo a la hora en que él habitualmente se disponía a interrumpir su jornada, lo ponía ante una de esas alternativas difíciles que eran la historia de su vida miserable. Porque al salir el sol entre las nubes quedaban por lo menos dos horas de luz. Ponerse a trabajar no era tan instantáneo; necesitaba un buen rato para poner en marcha el mecanismo de acarreo, amasado, etcétera. Dos horas no era poco, daba tiempo para levantar unos centímetros, quizás todo lo que había estropeado la lluvia, que era el sector fresco, su trabajo de la mañana. Pero ya había perdido una hora mirando a los humanos, hundido en sus ensueños pesimistas. Y ahora, ¿valía la pena ponerse, o no? El barro debía de estar demasiado chirle, pero abundaba… Se le habían ido las ganas, y al mismo tiempo sabía que se iba a culpar si no hacía nada. Pero ¿qué podía hacer, en el poco tiempo que le quedaba de luz? Si no lo hacía, no le quedaba más que seguir deprimiéndose. Fue esto último lo que prevaleció. Un día perdido.

El nido estaba por la mitad. No existía. Un origami de barro. De acuerdo: mañana a primera hora ponía manos a la obra. ¿O hacía algo ahora? Podía jurar que quedaba más tiempo del que parecía; después de la lluvia siempre el día se alarga. En fin… Mañana. Al menos quedaba el consuelo de que haría buen tiempo. Las nubes se habían ido, no quedaba una en todo el cielo.

El hornero veía su arte constructivo como una suma de formas vagas e inútiles, de las que salía por causalidad algo equivalente a una función. Debería tomar ejemplo, se decía, de los hombres, de sus casas hiperfuncionales, automáticas, siempre iguales: paredes verticales, techo, aberturas, régimen de ingreso y salida… ¡Ellos sí que no tenían preocupaciones de arquitectura! Lo hacían como lo hacían, lo hacían y basta, siempre lo mismo, y les duraba eternidades. Por ejemplo la ubicación. Un instinto infalible («el» instinto) los hacía construir siempre en el suelo, siempre pegado al suelo, sobre la superficie. No tenían que elegir; la naturaleza había elegido por ellos. Un hornero en cambio estaba sujeto a las más imprevisibles inspiraciones: un poste, un árbol, un techo, un alero, a cinco metros del suelo, a siete, a quince… Y estaba el tipo de barro por el que se decidiera, la proporción de hierba o crin… Prácticamente no había nada fijo a lo que asirse (al menos así lo veía él). ¡Y los accidentes! La lluvia de hoy sin ir más lejos. Estaba a merced de las circunstancias, cualquier minúsculo detalle podía cambiarlo todo, las consecuencias del menor acontecimiento se proyectaban hasta el fin de su vida, volviéndola tan abigarrada y barroca por la superposición que se hacía invivible. Los hombres en cambio, lo mismo que cualquier otro ser vivo en el planeta, tenían un modo de neutralizar lo accidental, el instinto vigoroso y bien estructurado les permitía crear circunstancias improvisadas con las que anular todo lo aleatorio. ¡Y él no! ¡Él solo en toda la creación! Eso se debía a que el hornero era un individuo, todos los horneros lo eran, y el hombre era una especie. La especie estaba firmemente asentada en lo necesario, el individuo estaba en el aire, en el vértigo, en lo casual.

Pero esa excepcionalidad, ¿no tenía sus ventajas? ¿No debería tenerlas? Siempre que se paga, se decía el hornero en lo profundo de su enorme desazón, se obtiene algo a cambio. Y «la raza maldita» a la que pertenecía había pagado un precio cuantioso: la renuncia a la paz de vivir sin preocupaciones, generación tras generación, entregados con feliz confianza a los dulces mecanismos de la naturaleza. Era imposible que a cambio de tanto no recibiera nada. Tenía que haber ventajas, y las había, grandes, definitivas. Se resumían en una palabra: libertad. Tenía la libertad. Bastaba con disfrutarla.

¡Como si fuera tan fácil!, exclamó para sus adentros en un estertor psíquico, y levantó los ojos doloridos al signo con el que el mundo había escrito la palabra «libertad»: el cielo. En su comba vacía se había desplegado un arcoíris. Lo veía un poco de costado, en diagonal, y así era más monumental, más formidable. Lo veía cargado de resonancias «poéticas», «filosóficas», «morales», «estéticas» (me manejo con equivalentes, pero confío en ser entendido), mientras que los humanos, que también lo estaban mirando, veían el simple fenómeno meteorológico que era, el simple presente que era. Y detrás, el ampo rosa del crepúsculo.

¡Sí!, se exaltaba el pobre infeliz, ¡la libertad! El vuelo inmenso sobre el mundo, sobre los mundos. ¡Eso no lo tenían los humanos! Sobre ellos caía desde la primera infancia la persiana inflexible del instinto, y todo el resto era obedecer ciegamente a los dictados de su naturaleza. Mientras que el hornero avanzaba por el camino de las posibilidades infinitas.

Pero ese camino se parecía demasiado al vacío. Su estado actual, lo que sentía como un envejecimiento prematuro, un agotamiento en el fuego incesante del esfuerzo de tratar de vivir, probaba que la libertad era su propio exceso. En realidad, había que volver a definir la libertad, y en esa redefinición él quedaba mal parado. Los seres que vivían apegados a una naturaleza incontaminada, como los hombres, eran libres en un sentido superior. ¿Esclavos del instinto? De acuerdo, pero también había que redefinir «instinto»; y si el instinto equivalía a lo infalible, a la felicidad, ¿qué mayor libertad había? Todo lo demás eran ilusiones. No se perdía nada.

Los humanos allá en la galería ya terminaban con el mate. Porque se había enfriado el agua, porque se había lavado la yerba, porque se habían satisfecho… En una palabra: porque lo decía la Ley grandiosa que gobernaba todas las pequeñas causas; el universo entero se manifestaba entre los humildes y los mansos, y al acudir a ellos como un dios, se ponía a su servicio, los obedecía. El Tiempo, que todo lo destruye y domina, se remansaba en el presente eterno de la vida simple. Tranquilos y sensuales, ajenos a los tormentos de la conciencia y la duda, seguros del fluir suave de la vida, del apareamiento, de la reproducción, de la muerte; la muerte también: ellos sí podían decir «morir, dormir, quizás soñar». No tenían temores… Y ellos también tenían «resonancias». Cuando miraban como ahora el cielo rosa y violeta, el campo cristalino, la hora detenida en las espiras livianas del aire, ellos también sentían la metafísica, la poesía, la moral, la estética, ¡y mejor que él, porque veían la realidad sin velos! Si se le ocurriera imitarlos, como lo había intentado alguna vez, no serviría de nada: sería un capricho más de la conciencia, un ejercicio más destinado al fracaso, de los tantos en que se agotaba probando y probando…

Ahora hablaban. Habían estado hablando todo el tiempo, seguros, serenos, con sus palabritas secas, sus susurros. Ése era otro punto sensible para el hornero. Si bien no era un área importante (para nosotros los humanos sí lo es, para él no; lo que indica que no hay que apresurarse a hacer la contratraducción: las equivalencias, aunque completas, no son simétricas), le resultaba especialmente doloroso. Lo que salía de la garganta de los hombres era funcional, simple, manejable; lo del hornero, el canto, el pío, era un garabato onírico en el que se mezclaban caóticamente la función y lo gratuito, el sentido y el sinsentido, la verdad y la belleza. Los hombres no tenían problemas por ese lado, la Naturaleza se los había hecho fácil: desde que nacían o poco menos (desde que, en su primer año de vida, caía la «persiana» del instinto), depositaban todo el sentido en el lenguaje, y lo que quedaba afuera era marginal e insignificante. Para el hornero en cambio el sentido estaba disperso en mil telepatías diferentes; y el canto por otro lado era una estética sin límites precisos, que tanto podía servir para un lavado como para un planchado, o no servir de nada. Cantaba por amor, por hipo, porque se le daba la gana, por la hora… Como en todo lo demás, estaba sujeto a los avatares impredecibles de la conciencia, al exceso de la libertad o al exceso que era la libertad.

Caía la noche sobre la pampa sagrada. El pajarillo, quieto y mudo como un rizo de barro delante de su morada inconclusa, seguía cavando en la angustia, en la nostalgia de la vida verdadera que veía ajena, lejana, en los otros. No sé si me habré explicado bien; y aun cuando lo haya hecho, puedo haber sido inconvincente. Este escrito no pretende más que ser una contraprueba, ni siquiera definitiva sino apenas sugerente. Podrá objetarse el método mismo: después de todo, esto fue escrito por un hombre. Pero ¿qué prueba eso sino que el ser humano está provisto de un instinto que le permite escribir? ¿Podría hacerlo sin él? ¿Por qué no escribe un pajarito? Justamente porque tiene demasiada libertad, puede hacerlo o no hacerlo, no hay nada en él que lo ponga en acción de modo indefectible, no tiene como el hombre un programa para escribir con perfecta facilidad automática. Desde el fondo de los tiempos la acción de escribir estas páginas está prevista en mi dotación genética. Por eso puedo hacerlo en un rato, sin vacilaciones, sin correcciones, como respirar o dormir. Un abismo (desde el punto de vista del hornero) separa esta mágica facilidad de las deliberaciones que hacen tan penosas las tareas que él emprende.


8 de mayo de 1994

17/4/12

Las medias de los flamencos deHoracio Quiroga





Greater Flamingo by VIJAY VAZIRANI



Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y a los sapos, a los flamencos, y a los yacarés y a los peces. Los peces, como no caminan, no pudieron bailar; pero siendo el baile a la orilla del río, los peces estaban asomados a la arena, y aplaudían con la cola.
         Los yacarés, para adornarse bien, se habían puesto en el pescuezo un collar de plátanos, y fumaban cigarros paraguayos. Los sapos se habían pegado escamas de peces en todo el cuerpo, y caminaban meneándose, como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy serios por la orilla del río, los peces les gritaban haciéndoles burla.
         Las ranas se habían perfumado todo el cuerpo, y caminaban en dos pies. Además, cada una llevaba colgada, como un farolito, una luciérnaga que se balanceaba.
         Pero las que estaban hermosísimas eran las víboras. Todas, sin excepción, estaban vestidas con traje de bailarina, del mismo color de cada víbora. Las víboras coloradas llevaban una pollerita de tul colorado; las verdes, una de tul verde; las amarillas, otra de tul amarillo; y las yararás, una pollerita de tul gris pintada con rayas de polvo de ladrillo y ceniza, porque así es el color de las yararás.
         Y las más espléndidas de todas eran las víboras de que estaban vestidas con larguísimas gasas rojas, y negras, y bailaban como serpentinas Cuando las víboras danzaban y daban vueltas apoyadas en la punta de la cola, todos los invitados aplaudían como locos.
         Sólo los flamencos, que entonces tenían las patas blancas, y tienen ahora como antes la nariz muy gruesa y torcida, sólo los flamencos estaban tristes, porque como tienen muy poca inteligencia, no habían sabido cómo adornarse. Envidiaban el traje de todos, y sobre todo el de las víboras de coral. Cada vez que una víbora pasaba por delante de ellos, coqueteando y haciendo ondular las gasas de serpentinas, los flamencos se morían de envidia.
         Un flamenco dijo entonces:
         —Yo sé lo que vamos a hacer. Vamos a ponernos medias coloradas, blancas y negras, y las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.
         Y levantando todos juntos el vuelo, cruzaron el río y fueron a golpear en un almacén del pueblo.
         — ¡Tan-tan! —pegaron con las patas.
         — ¿Quién es? —respondió el almacenero.
         —Somos los flamencos. ¿Tiene medias coloradas, blancas y negras?
         —No, no hay —contestó el almacenero—. ¿Están locos? En ninguna parte van a encontrar medias así. Los flamencos fueron entonces a otro almacén.
         — ¡Tan-tan! ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras?
         El almacenero contestó:
         — ¿Cómo dice? ¿Coloradas, blancas y negras? No hay medias así en ninguna parte. Ustedes están locos. ¿quiénes son?
         —Somos los flamencos— respondieron ellos.
         Y el hombre dijo:
         —Entonces son con seguridad flamencos locos.
         Fueron a otro almacén.
         — ¡Tan-tan! ¿Tiene medias coloradas, blancas y negras?
         El almacenero gritó:
         — ¿De qué color? ¿Coloradas, blancas y negras? Solamente a pájaros narigudos como ustedes se les ocurre pedir medias así. ¡Váyanse en seguida!
         Y el hombre los echó con la escoba.
         Los flamencos recorrieron así todos los almacenes, y de todas partes los echaban por locos.
         Entonces un tatú, que había ido a tomar agua al río se quiso burlar de los flamencos y les dijo, haciéndoles un gran saludo:
         — ¡Buenas noches, señores flamencos! Yo sé lo que ustedes buscan. No van a encontrar medias así en ningún almacén. Tal vez haya en Buenos Aires, pero tendrán que pedirlas por encomienda postal. Mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. Pídanselas, y ella les va a dar las medias coloradas, blancas y negras.
         Los flamencos le dieron las gracias, y se fueron volando a la cueva de la lechuza. Y le dijeron:
         — ¡Buenas noches, lechuza! Venimos a pedirte las medias coloradas, blancas y negras. Hoy es el gran baile de las víboras, y si nos ponemos esas medias, las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.
         — ¡Con mucho gusto! — respondió la lechuza—. Esperen un segundo, y vuelvo en seguida.
         Y echando a volar, dejó solos a los flamencos; y al rato volvió con las medias. Pero no eran medias, sino cueros de víboras de coral, lindísimos cueros recién sacados a las víboras que la lechuza había cazado.
         —Aquí están las medias —les dijo la lechuza—. No se preocupen de nada, sino de una sola cosa: bailen toda la noche, bailen sin parar un momento, bailen de costado, de cabeza, como ustedes quieran; pero no paren un momento, porque en vez de bailar van entonces a llorar.
         Pero los flamencos, como son tan tontos, no comprendían bien qué gran peligro había para ellos en eso, y locos de alegría se pusieron los cueros de las víboras como medias, metiendo las patas dentro de los cueros, que eran como tubos. Y muy contentos se fueron volando al baile.
         Cuando vieron a tos flamencos con sus hermosísimas medias, todos les tuvieron envidia. Las víboras querían bailar con ellos únicamente, y como los flamencos no dejaban un Instante de mover las patas, las víboras no podían ver bien de qué estaban hechas aquellas preciosas medias.
         Pero poco a poco, sin embargo, las víboras comenzaron a desconfiar. Cuando los flamencos pasaban bailando al lado de ellas, se agachaban hasta el suelo para ver bien.
         Las víboras de coral, sobre todo, estaban muy inquietas. No apartaban la vista de las medias, y se agachaban también tratando de tocar con la lengua las patas de los flamencos, porque la lengua de la víbora es como la mano de las personas. Pero los flamencos bailaban y bailaban sin cesar, aunque estaban cansadísimos y ya no podían más.
         Las víboras de coral, que conocieron esto, pidieron en seguida a las ranas sus farolitos, que eran bichitos de luz, y esperaron todas juntas a que los flamencos se cayeran de cansados.
         Efectivamente, un minuto después, un flamenco, que ya no podía más, tropezó con un yacaré, se tambaleó y cayó de costado. En seguida las víboras de coral corrieron con sus farolitos y alumbraron bien las patas de! flamenco. Y vieron qué eran aquellas medias, y lanzaron un silbido que se oyó desde la otra orilla del Paraná.
         — ¡No son medias!— gritaron las víboras—. ¡Sabemos lo que es! ¡Nos han engañado! ¡Los flamencos han matado a nuestras hermanas y se han puesto sus cueros como medias! ¡Las medias que tienen son de víboras de coral
         Al oír esto, los flamencos, llenos de miedo porque estaban descubiertos, quisieron volar; pero estaban tan cansados que no pudieron levantar una sola pata. Entonces las víboras de coral se lanzaron sobre ellos, y enroscándose en sus patas les deshicieron a mordiscones las medias. Les arrancaron las medias a pedazos, enfurecidas y les mordían también las patas, para que murieran.
         Los flamencos, locos de dolor, saltaban de un lado para otro sin que las víboras de coral se desenroscaran de sus patas, Hasta que al fin, viendo que ya no quedaba un solo pedazo de medias, las víboras los dejaron libres, cansadas y arreglándose las gasas de sus trajes de baile.
         Además, las víboras de coral estaban seguras de que los flamencos iban a morir, porque la mitad, por lo menos, de las víboras de coral que los habían mordido eran venenosas.
         Pero los flamencos no murieron. Corrieron a echarse al agua, sintiendo un grandísimo dolor y sus patas, que eran blancas, estaban entonces coloradas por el veneno de las víboras. Pasaron días y días, y siempre sentían terrible ardor en las patas, y las tenían siempre de color de sangre, porque estaban envenenadas.
         Hace de esto muchísimo tiempo. Y ahora todavía están los flamencos casi todo el día con sus patas coloradas metidas en el agua, tratando de calmar el ardor que sienten en ellas.
         A veces se apartan de la orilla, y dan unos pasos por tierra, para ver cómo se hallan. Pero los dolores del veneno vuelven en seguida, y corren a meterse en el agua. A veces el ardor que sienten es tan grande, que encogen una pata y quedan así horas enteras, porque no pueden estirarla.
         Esta es la historia de los flamencos, que antes tenían las patas blancas y ahora las tienen coloradas. Todos los peces saben por qué es, y se burlan de ellos. Pero los flamencos, mientras se curan en el agua, no pierden ocasión de vengarse, comiéndose a cuanto pececito se acerca demasiado a burlarse de ellos. 

Horacio Quiroga

26/9/11

el poder que ejercen los pensamientos y las ranas





Un tradicional cuento sobre el poder que ejercen sobre nosotros los pensamientos:



Un grupo de ranas viajaba por el bosque y, de repente, dos de ellas cayeron en un hoyo profundo. Todas las demas ranas se reunieron alrededor del hoyo.

Cuando vieron cuan hondo este era, le dijeron a las dos ranas en el fondo que para efectos practicos, se debian dar por muertas.Las dos ranas no hicieron caso a los comentarios de sus amigas y siguieron tratando de saltar fuera del hoyo con todas sus fuerzas.

Las otras seguian insistiendo que sus esfuerzos serian inutiles.

Finalmente, una de las ranas puso atencion a lo que las demas decian y se rindio, se desplomo y murio. La otra rana continuo saltando tan fuerte como le era posible.

Una vez mas, la multitud de ranas le gritaba y le hacian señas para que dejara de sufrir y que simplemente se dispusiera a morir, ya que no tenia caso seguir luchando. Pero la rana salto cada vez con mas fuerzas hasta que finalmente logro salir del hoyo.

Cuando salio, las otras ranas le dijeron: “nos da gusto que hayas logrado salir, a pesar de lo que te gritabamos”. La rana les explico que era sorda, y que penso que las demas la estaban animando a esforzarse mas y salir del hoyo.

23/9/11

Persefone y la primavera



Desde los tiempos más remotos, el hombre, cuando no puede comprender el mundo externo que lo rodea, crea representaciones míticas. Así, la humanidad ha llegado ha mitificar desde la salida y la puesta del sol hasta los fenómenos atmosféricos, el crecimiento de las plantas, el nacimiento y la muerte. La primavera es la estación del renacimiento... así lo entendieron la gran mayoría de las religiones antiguas y, a partir de ello, levantaron muchos de sus mitos. En este contexto, la primavera es vista como lo muerto que renace. Una vez más ocurre el milagro: de los árboles deshojados renacen nuevos brotes y, una vez más, hay cosecha, es decir, vida.

Mahoma decía: "No hay gota en los mares, ni fruto en los árboles, ni planta en la tierra que no tenga en cada semilla un ángel que cuide de ella". La naturaleza está entonces ligada a lo sagrado y protegida por los guardianes de dios para que al hombre no le falte el sustento. Para algunos pueblos eslavos y escandinavos, por ejemplo, los templos consagrados a sus dioses eran bosques, lagos y árboles sagrados, pero todos celebraban festivales que podían durar semanas porque para todos los pueblos la primavera siempre era algo festivo.

Las diosas Démeter (1) y Perséfone (2) representaban para los pueblos de la antigüedad los poderes de la naturaleza, su transformación y la emergencia cíclica. En la antigua Grecia, el primer día de la primavera era el día en que Perséfone (2), prisionera bajo tierra durante seis meses, volvía al regazo de Deméter (1), su madre.

Cuenta Homero que en el sureste de Europa hubo un tiempo en el que reinaba la eterna primavera. La hierba siempre era verde y espesa y las flores nunca marchitaban. No existía el invierno, ni la tierra yerma, ni el hambre. La artífice de tanta maravilla era Démeter (1), la cuarta esposa de Zeus (3). De este matrimonio nació Core, luego llamada Perséfone (2). Se trataba de una hermosa joven adorada por su madre que solía acercarse a un campo repleto de flores a jugar. Un día, pasó por allí el terrible Hades (4) con su temible carro tirado por caballos. Se encandiló con Perséfone (2) y la raptó para llevarla al subsuelo, su territorio. Démeter (1), al no encontrar a su hija y con una antorchas en cada mano, emprendió una peregrinación de nueve días y nueve noches. Al décimo día el Sol, que todo lo ve, se atrevió a confesarle quién se había llevado a su hija. Irritada por la ofensa, Démeter (1) decidió abandonar sus funciones y el Olimpo. Vivió y viajó por la tierra. Esta se quedó desolada y sin ningún fruto ya que, privada de su mano fecunda, se seca y las plantas no crecen. Ante este desastre Zeus (3) se vio obligado a intervenir pero no pudo devolverle la hija a su madre. Es que Perséfone (2) ya había probado el fruto de los infiernos (la granada) y por eso le era imposible abandonar las profundidades y regresar al mundo de los vivos. Sin embargo, se pudo llegar a un acuerdo: una parte del año Perséfone (2) lo pasaría con su esposo y, la otra parte, con su madre.

Lo que este mito indica es que cuando Perséfone (2) regresa con su madre, Démeter (1) muestra su alegría haciendo reverdecer la tierra, con flores y frutos. Por el contrario, cuando la joven desciende al subterráneo, el descontento de su madre se demuestra en la tristeza del otoño y el invierno. Así se renueva anualmente el ciclo de las estaciones y así explicaban los griegos la sucesión de ellas: el otoño y el invierno son tristes y oscuros como el corazón de Démeter (1) al estar separada de su hija. La alegría y la serenidad retornan cuando vuelve con ella, es decir, cuando comienza la primavera.

Referencias: Los dioses y sus símbolos

(1) Deméter
Diosa de la fecundidad de los campos, la Madre Tierra, diosa del trigo, que proporciona el pan. En la mitología latina es Ceres, que está representada como una digna matrona que porta dos antorchas, símbolo de nacimiento y de luz.
(2) Perséfone
Representa a la primavera. Para los romanos era Proserpina.
(3) Zeus
Padre de los dioses, dueño y señor del cielo.
(4) Hades
Dios de los infiernos que rige en el Tártaro o Mundo de los Muertos.

Fuente: http://www.me.gov.ar/efeme/21desetiembre/primavera/persefone.html

25/4/11

Despreciado

Los que despreciaron al escarabajo porque empujaba una bola de excrementos, cuando el insecto murió y con el transcurrir del tiempo la bola se hizo cenizas que se llevó el viento, se dieron cuenta que la bola contenía un diamante de valor inmenso.

Alejandro Jodorowsky

13/4/11

Decalogo Antidecepciones




Dos viajeros se encaminaban a un destino muy deseado. El trayecto fue largo, a veces feliz, a veces cansado, con tramos cuesta arriba y tramos cuesta abajo, pero juntos y con paciencia seguían adelante… Cuando faltaban pocos metros para alcázar la meta, encontraron un cartel en el que leyeron:

Camino temporalmente cortado

Se sintieron sorprendidos, desconcertados, frustrados, abatidos… pero de pronto se abrazaron y recordaron algo que un maestro les enseñó: “el decálogo antidecepciones”:

1.- No hay un solo sendero para llegar a la montaña, por muy seguro que estés de que el camino elegido es el mejor, no descartes otras posibilidades. Agudiza el ingenio para descubrirlas.

2.- Conserva la esperanza. Puede que el último minuto contenga una sorpresa.

3.- El hecho que hoy maldices, mañana puede que lo bendigas. Cada episodio de vida es como un chiste, ¡no lo entiendes hasta el final!

4.- Analiza las resistencias internas y los obstáculos externos que se interponen entre tú y tu deseo. Resuelve lo posible y acepta lo imposible.

5.- Si tu deseo no llega, vive como si ya estuviese cumplido, visualízalo, hazle un hueco en tu quehacer diario, imita la emoción de haberlo conseguido y atraerás la experiencia del logro.

6.- No tengas prisa, haz lo que puedas y confía en lo que un guionista amoroso y sabio tiene preparado para ti.

7.- Conecta y acepta tu emoción de frustración pero no te identifiques con ella.

8.- Aprende a ver en la decepción algo bello: detrás de ella está un hermoso y bienintencionado deseo al que no tienes por qué renunciar.

9.- No vivas la experiencia en soledad. Aprende a expresarte, a compartir y a recibir.

10.-Y si estás confundido y triste tras una experiencia frustrante, recréala en un cuentín.

Y los viajero sacaron su cuaderno de cuentos y se pusieron a escribir…

Al cabo de un tiempo miraron al horizonte y vieron un camino totalmente despejado. El cartel había desaparecido.


link. PLANO CREATIVO