30/6/13
26/6/13
Calacante cara roja
19/6/13
14/6/13
Mandamiento de Gurdjieff
1. Fija tu atención en ti mismo, sé consciente en cada instante de lo que piensas, sientes, deseas y haces.
2. Termina siempre lo que comenzaste.
3. Haz lo que estás haciendo lo mejor posible.
4. No te encadenes a nada que a la larga te destruya.
5. Desarrolla tu generosidad sin testigos.
6. Trata a cada persona como si fuera un pariente cercano.
7. Ordena lo que has desordenado.
8. Aprende a recibir, agradece cada don.
9. Cesa de autodefinirte.
10. No mientas ni robes, si lo haces te mientes y te robas a ti mismo.
11. Ayuda a tu prójimo sin hacerlo dependiente.
12. No desees ser imitado.
13. Haz planes de trabajo y cumplelos.
14. No ocupes demasiado espacio.
15. No hagas ruidos ni gestos innecesarios.
16. Si no la tienes, imita la fe.
17. No te dejes impresionar por personalidades fuertes.
18. No te apropies de nada ni de nadie.
19. Reparte equitativamente.
20. No seduzcas.
22. No hables de tus problemas personales.
23. No emitas juicios ni criticas cuando desconozcas
la mayor parte de los hechos.
24. No establezcas amistades inútiles.
25. No sigas modas.
26. No te vendas.
27. Respeta los contratos que has firmado.
28. Sé puntual.
29. No envidies los bienes o los éxitos del prójimo.
30. Habla sólo lo necesario.
31. No pienses en los beneficios que te va a procurar tu obra.
32. Nunca amenaces.
33. Realiza tus promesas.
34. En una discusión ponte en el lugar del otro.
35. Admite que alguien te supere.
36. No elimines, sino transforma.
37. Vence tus miedos, cada uno de ellos es un deseo que se camufla.
38. Ayuda al otro a ayudarse a si mismo.
39. Vence tus antipatías y acercate a las personas que deseas rechazar.
40. No actues por reacción a lo que digan bueno o malo de ti.
41. Transforma tu orgullo en dignidad.
42. Transforma tu cólera en creatividad.
43. Transforma tu avaricia en respeto por la belleza.
44. Transforma tu envidia en admiración por los valores del otro.
45. Transforma tu odio en caridad.
46. No te alabes ni te insultes.
47. Trata lo que no te pertenece como si te perteneciera.
48. No te quejes.
49. Desarrolla tu imaginación.
50. No des órdenes sólo por el placer de ser obedecido.
51. Paga los servicios que te dan.
52. No hagas propaganda de tus obras o ideas.
53. No trates de despertar en los otros emociones
hacia ti como piedad, admiración, simpatía, complicidad.
54. No trates de distinguirte por tu apariencia.
55. Nunca contradigas, sólo calla.
56. No contraigas deudas, adquiere y paga en seguida.
57. Si ofendes a alguien, pidele perdón.
58. Si lo has ofendido públicamente, excusate en público.
59. Si te das cuenta de que has dicho algo erróneo, no insistas por orgullo en ese error y desiste de
inmediato de tus propósitos.
60. No defiendas tus ideas antiguas sólo por el hecho de que fuiste tú quien las enunció.
61. No conserves objetos inútiles.
62. No te adornes con ideas ajenas.
63. No te fotografíes junto a personajes famosos.
64. No rindas cuentas a nadie, sé tu propio juez.
65. Nunca te definas por lo que posees.
66. Nunca hables de ti sin concederte la posibilidad de cambiar.
67. Acepta que nada es tuyo.
68. Cuando te pregunten tu opinión sobre algo o alguien, di sólo sus cualidades.
69. Cuando te enfermes, en lugar de odiar ese mal considéralo tu maestro.
70. No mires con disimulo, mira fijamente.
71. No olvides a tus muertos, pero dales un sitio limitado que les impida invadir toda tu vida.
72. En el lugar en que habites consagra siempre un sitio a lo sagrado.
73. Cuando realices un servicio no resaltes tus esfuerzos.
74. Si decides trabajar para los otros, hazlo con placer.
75. Si dudas entre hacer y no hacer, arriésgate y haz.
76. No trates de ser todo para tu pareja; admite que busque en otros lo que tú no puedes darle.
77. Cuando alguien tenga su público, no acudas para contradecirlo y robarle la audiencia.
78. Vive de un dinero ganado por ti mismo.
79. No te jactes de aventuras amorosas.
80. No te vanaglories de tus debilidades.
81. Nunca visites a alguien sólo por llenar tu tiempo.
82. Obtén para repartir.
83. Si estás meditando y llega un diablo, pon ese diablo a meditar…
10/6/13
BIguá
El cormorán neotropical ( Phalacrocorax brasilianus), también conocido como biguá, cormorán, cormorán negro,1 cuervo de mar,1 yeco, pato yeco, Pato cuervo1 o patillo,2 es una especie de ave suliforme de la familia Phalacrocoracidae.3 4 Es un ave marina que se distribuye geográficamente a lo largo de los trópicos y subtrópicos americanos, del Río Grande y el Golfo y costas californianas de los Estados Unidos al sur a través de México, Centroamérica y en América del Sur. También lo encontramos en Bahamas, Cuba y Trinidad.
Las poblaciones del norte de Nicaragua, se denominan cormoranes mexicanos u oliváceos, y muchos autores tratan a ésta como una especie separada (Phalacrocorax olivaceus). Aquellos autores que perciben una sola población la mantienen como una sola especie y las aves del norte las clasifican como la subespecie Phalacrocorax brasilianus mexicanus y las aves del sur como pertenecientes a la subespecie Phalacrocorax brasilianus brasilianus.
3/6/13
Yabirú
Nombre vulgar: Yabirú
Nombre científico: Jabiru mycteria
En el mundo: América
Región: De Méjico hasta Argentina
En Argentina: Corrientes, Santa Fe, Chaco, Formosa, Santiago del Estero, Jujuy, Salta, Entre Rios, Buenos Aires
Ecorregiones:Chaco húmedo,Chaco seco, Esteros del Iberá
Tamaño: 140cm
Peso: 6,5kg
Hábitat: esteros, bañados, charcos
Presas: reptiles, peces, ranas, insectos
Peces:
Anguila del fango (Synbranchus marmoratus)
Reptiles:
crías de:
Yacaré overo (Caiman latirostris)
Anida en:
Árboles: Prosopis sp;
Comportamiento: De hábitos solitarios o se mueven en parejas, a veces en pequeños grupos.
En ocasiones cuando deja los nidos desprotegidos se aproximan otras aves, como la Garza blanca (Ardea alba) o el Tuyango (Ciconia maguari) y le roban palos del nido para construir los suyos.
Ver área geográfica:
Escucha su canto:
27/5/13
Jikininki
Una vez, Musõ Kokushi, sacerdote de la secta zen que viajaba solo por la
provincia de Mino, se perdió en una comarca montañosa donde no había
nadie que lo guiara. Erró sin rumbo durante largo tiempo; y ya
desesperaba de hallar refugio durante la noche, cuando vislumbró, en lo
alto de una colina iluminada por los últimos rayos del sol, una de esas
pequeñas ermitas llamadas anjitsu, que suelen construir los
monjes solitarios. Aunque parecía estar derruida, Musõ se apresuró a
acercarse a ella; descubrió que la habitaba un anciano monje, a quien
rogó que le concediera alojamiento por esa noche. El anciano rehusó con
hosquedad, pero le indicó a Musõ la situación de una aldea, en un valle
próximo, donde hallaría alojamiento y comida.
Musõ se encaminó hacia la aldea, compuesta por menos de una docena de
granjas; el jefe del villorrio lo recibió en su casa con suma
afabilidad. A la llegada de Musõ había cuarenta o cincuenta personas
reunidas en el aposento principal; a él lo guiaron hasta un cuarto
pequeño y apartado, donde pronto le ofrecieron cama y alimento. Vencido
por la fatiga, Musõ se acostó muy temprano; pero poco antes de
medianoche su sueño se vio interrumpido por un llanto que provenía del
aposento contiguo. Deslizáronse entonces las puertas correderas; y un
joven, que llevaba una lámpara encendida, entró al cuarto, lo saludó con
una reverencia y le dijo:
—Venerable señor, es mi penoso deber informaros que ahora soy el
responsable de esta casa. Ayer no era sino el hijo mayor. Pero cuando
vos llegasteis aquí, vencido por la fatiga, no queríamos incomodaros de
ningún modo: no os anunciamos, pues, que mi padre había muerto hacía
apenas unas horas. Aquellos a quienes visteis reunidos en el aposento
contiguo son los habitantes de esta aldea; se han congregado aquí para
rendirle al muerto un póstumo homenaje; y pronto se marcharán a otra
aldea que dista tres millas de aquí, pues nuestra costumbre nos prohíbe
permanecer en la aldea la noche que sucede a la muerte de alguien.
Hacemos nuestras ofrendas, elevamos nuestras plegarias, y luego nos
retiramos, dejando solo al cadáver. En la casa donde queda el cadáver
suelen suceder cosas extrañas: pensamos, pues, que sería mejor que nos
acompañarais. En la otra aldea hallaréis buen alojamiento. Aunque,
quizá, siendo un sacerdote, no temáis a los demonios y a los espíritus
malignos; y, si no os inquieta quedaros solo con el muerto, sois
bienvenido a nuestro humilde hogar. No obstante, debo advertiros que
nadie, salvo un sacerdote, se atrevería a pernoctar aquí.
Musõ respondió:
—Vuestras cordiales intenciones, así como vuestra generosa hospitalidad,
merecen mi más profunda gratitud. Pero lamento que no me hayáis
anunciado la muerte de vuestro padre en cuanto llegué, pues, aunque
estaba algo fatigado, por cierto que no lo estaba al punto de hallar
dificultades en cumplir con mis deberes sacerdotales. Si me lo hubierais
dicho, habría administrado el servicio antes de que todos partieran.
Así las cosas, lo administraré una vez que os retiréis, y permaneceré
con el cuerpo hasta la mañana. Ignoro a qué os referís al mencionar el
peligro que entraña quedarse aquí a solas; pero no temo a demonios ni
espectros: os ruego, por tanto, que no abriguéis temor alguno por mi
persona.
Estas declaraciones parecieron regocijar al joven, quien manifestó su
gratitud con las palabras pertinentes. Después, los otros miembros de la
familia así como los aldeanos reunidos en el aposento contiguo,
enterados de las promesas del sacerdote, acudieron a darle las gracias, y
luego dijo el dueño de la casa:
—Ahora, venerable señor, aunque mucho deploremos dejaros a solas,
debemos despedirnos. Las normas de nuestra aldea nos impiden quedarnos
aquí después de medianoche. Os imploramos, amable señor, que en todo
punto cuidéis de vuestro honorable cuerpo mientras no estemos aquí para
serviros. Y si acaso oyerais o escucharais algo extraño durante nuestra
ausencia, no olvidéis referírnoslo cuando regresemos por la mañana.
Todos dejaron la casa salvo el sacerdote, quien se dirigió al aposento
donde yacía el cadáver. Habían depositado ante éste las habituales
ofrendas; ardía un tõmyõ, una pequeña lámpara budista. El
sacerdote recitó las correspondientes plegarias, ejecutó las ceremonias
fúnebres, y entró luego en profunda meditación. Así permaneció durante
varias horas; ni un sonido alteró la paz de la aldea desierta. Pero en
lo más hondo de la nocturna quietud, una Forma, vaga y de gran tamaño,
entró sigilosamente; y en ese mismo instante Musõ se vio privado del
habla y el movimiento. Vio que la Forma se apoderaba del cadáver, como
si tuviera manos, y lo devoraba con más rapidez que un gato al comer una
rata; comenzó por la cabeza y luego prosiguió por partes: el pelo, los
huesos y aun el sudario. Y esa Criatura monstruosa, tras consumir el
cadáver, se volvió hacia las ofrendas y también las devoró. Luego se fue
tan misteriosamente como había venido.
Los aldeanos, al regresar por la mañana, hallaron al sacerdote ante las
puertas de la casa. Todos lo saludaron; y al entrar y mirar en torno,
nadie expresó sorpresa alguna ante la desaparición del cadáver y las
ofrendas. Pero el dueño de la casa le dijo a Musõ:
—Venerable señor, acaso hayáis visto cosas desagradables durante vuestra
estancia: temimos todos por vos. Pero ahora nos place hallaros sano y
salvo. De buena gana nos habríamos quedado, de haber sido posible. Pero
las leyes de nuestra aldea, según os informé anoche, nos ordenan
abandonar las casas después de un fallecimiento y dejar el cadáver a
solas. Cada vez que se infringió esta ley, sobrevino una enorme
desgracia. Cada vez que se la obedece, hallamos que el cadáver y las
ofrendas desaparecen durante nuestra ausencia. Acaso hayáis visto la
causa.
Entonces Musõ le habló de la Forma tenue y horrible que había entrado en
la cámara mortuoria para devorar el cuerpo y las ofrendas. A nadie
pareció sorprender esta narración; y el dueño de la casa señaló:
—Lo que nos acabáis de referir, venerable señor, coincide con cuanto se ha dicho al respecto desde antiguo.
Musõ entonces preguntó:
—¿El monje de la colina no suele realizar los servicios fúnebres para vuestros muertos?
—¿Qué monje? —preguntó el joven.
—El monje que ayer por la noche me indicó esta aldea —responció Musõ—. Llegué hasta su anjitsu, que está en la colina. Rehusó alojarme, pero me dijo cómo llegar aquí.
Todos se miraron entre sí con expresión atónita; y, tras un instante de silencio, el dueño de la casa declaró:
—Venerable señor, en la colina no hay monje ni anjitsu alguno. Hace muchas generaciones que ningún monje reside en esta comarca.
Musõ no dijo nada más al respecto, pues era evidente que sus amables
anfitriones lo juzgaban víctima de alguna ilusión sobrenatural. Pero en
cuanto se despidió, no sin procurarse la información necesaria para
proseguir su camino, decidió buscar la ermita de la colina para
confirmar si había sufrido o no un engaño. Halló el anjitsu sin
dificultad; y esta vez el anciano lo invitó a acompañarlo. En cuanto
Musõ entró, el eremita hizo una humilde reverencia y exclamó:
—¡Ah! ¿Vergüenza de mí… ! ¿Gran vergüenza sobre mí… ! ¡Terrible vergüenza sobre mí!
—No debéis avergonzaros por haberme negado alojamiento —dijo Musõ—. Me
indicasteis la aldea vecina, donde fui recibido con suma amabilidad; y
os agradezco ese favor.
—A nadie puedo ofrecer alojamiento —respondió el recluso—, y no es mi
negación lo que me avergüenza. Me avergüenza que me hayáis visto en mi
verdadera forma… pues fui yo quien devoró el cadáver y las ofrendas ante
vuestros propios ojos… Sabed, venerable señor, que soy un jikininki[1], un devorador de carne humana. Compadecedme y permitidme confesar la secreta falta que me redujo a esta condición.
“Hace mucho, mucho tiempo, yo era sacerdote en esta desolada región. No
había otro sacerdote en leguas a la redonda. De modo que, en esa época,
los montañeses solían traer aquí los cuerpos de los que habían muerto (a
veces desde parajes distantes) para que yo cumpliera con los servicios
sagrados. Pero yo no cumplía estos servicios y no realizaba los ritos
sino por afán de lucro; sólo pensaba en la comida y las vestimentas que
podía obtener mediante mi sacra profesión. Y a causa de este impío
egoísmo volví a nacer, inmediatamente después de mi muerte, como jikininki.
Desde entonces estoy obligado a alimentarme de los cadáveres de la
gente que muere en esta comarca: a todos debo devorarlos del modo que
anoche presenciasteis… Ahora, venerable señor, permitidme que os ruegue
que realicéis un sacrificio Ségaki para mí: ayudadme mediante vuestras plegarias, os lo imploro, para que no tarde en liberarme de esta espantosa existencia… ”
En cuanto el eremita hizo esta solicitud desapareció; y también
desapareció la ermita, en el mismo instante. Y Musõ Kokushi se halló a
solas, de rodillas en el pastizal, junto a un sepulcro antiguo y
enmohecido, con la forma que llaman go—rin—ishi[2], que parecía ser la tumba de un sacerdote.
[1] Literalmente, duende devorador de hombres. El narrador japonés también da el vocablo sánscrito, Râkshasa; pero esta palabra es tan vaga como jikininki, pues hay muchas variedades de Râkshasas. Aparentemente la palabra jikininki aquí significa uno de los Bara-mon-Rasetsu-Gaki, que conforman las veintiséis clases de pretas enumeradas en los antiguos libros budistas (N. del A.)
[2] Literalmente, “piedra de cinco círculos (o cinco zonas)”, monumento
funerario que consiste en cinco partes superpuestas -cada una de diversa
forma-, que simbolizan los cinco elementos místicos: el Éter, el Aire,
el Fuego, el Agua, la Tierra (N. del A.)
En Kwaidan: Cuentos fantásticos del Japón
Recopilación de Lafcadio Hearn
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