15/6/22

Hebe Uhart. Desfulanizar

Yo empecé ese año la facultad de Filosofía pero todavía vivía en Moreno y cada vez más con el pensamiento en Buenos Aires, la facultad, y lo que leía. Me parece que había leído algo de Husserl y eso de la epojé fenomenológica y había entendido a mi manera el concepto de poner entre paréntesis. Yo había inventado un término: «desfulanizar». En un pueblo las personas no existen sin su contexto (familia, lugar, club al que van, etc.) pero a mí todo eso me resultaba demasiado pesado, aburrido y chato, como cuando mi papá me decía:—Saludá, van a decir que sos orgullosa.Me importaba un pito que me consideraran orgullosa, otro pito que no me consideraran y la historia al respecto que me contó mi papá (él, de chico, no se sacó la gorra ante un viejo y el viejo fue a protestarle a mi abuelo) me parecía anacrónica, de un tiempo en que los chicos usaban gorra nada más que para saludar. Esa historia iba en contra de mis proyectos para volver más reales a las personas, para comprenderlas en su mismidad, no ligadas a esa rutina que mata. Había que desfulanizar. Por ejemplo, en el almacén de la esquina todos eran almaceneros, la pareja joven y la mayor, todos atendían rotativamente. Pero todos también tenían aspectos de estar debilitados por el almacén, hasta los nenes, pálidos, como desangrados. El hombre joven era buen mozo pero llevaba un saco gris que vendría a ser como un uniforme inventado por él, el viejo era tuerto y no se sabía dónde miraba, la mujer joven tenía el pelo ralo y débil como si periódicamente tomara raticida y se fuera debilitando. Yo no quería verlos como esclavos almaceneros, quería desfulanizarlos, verlos en su mismidad. Conspiraba contra mis propósitos sobre todo la abuela, que era una chusma redomada. Vistos como destinos me resultaban insufribles, como si el almacén les chupara la sangre, y como se me imponía el destino de ellos, no podía verlos como entelequia o quintaesencia. Debía buscar otros seres para mi objetivo. Entonces salía a caminar a la hora de la siesta, esa hora en que no había ningún conocido por la calle (mi mamá me decía: «Qué manía esa de salir a la hora de la siesta, con ese calor»), pero yo ahí desarrollaba libremente mi tarea de desfulanizar. Por ejemplo iba a la plaza a mirar al negro Félix, que ya venía desfulanizado, no se le conocía familia ni casa ni trabajo. Y yo pensaba en el enorme misterio que encerraba, siempre parado en la plaza, firme al sol, libre de toda atadura. Y también tenía otro candidato: el ruso Adán. Las tías de mis primos tenían una quinta y en ella punteaba la tierra el ruso Adán. Pero punteaba arrodillado, como si estuviese atornillado allí; ningún ruido ni presencia lo distraía de su menester, era como si un mandato divino le ordenara puntear de rodillas. El ruso Adán era un misterio mayor que el negro Félix, no se sabía si amaba la tierra o si la odiaba; tenía unas cejas como amenazantes y una gran nariz, se parecía un poco a esos personajes de pobres que construía León Bloy, todos místicos, todos bendecidos por el Señor, que tenían como un aura divina.Yo el año anterior había estado leyendo a León Bloy y me estaba cansando de su veta apocalíptica (nunca me sentó el Apocalipsis). Él por ejemplo atribuía el incendio de un bazar en París a la ira divina por los males del siglo. Pero me parece que el aura de Adán me venía de allí y además me quería elevar por sobre las versiones domésticas en relación con esos seres. De Adán decían en mi casa que estaba loco y que se calmaba punteando la tierra, y del negro Félix que se pasaba la vida papando moscas… ¡Qué estrechez de miras! ¡Qué visiones ramplonas! Así que cuando bailé con Guillermo Eilachart, que me gustaba un poco, por su pelo cepillo y su aire de flaquito feúcho pero simpático, lo tuve que desfulanizar porque su papá había sido amigo del mío, porque tenía un apellido vasco como el mío y porque su papá era empleado de banco como el mío. Se me presentaba muy fulanizado. Al año siguiente fui mucho a los bailes y ya no desfulanicé más.
En Un día cualquiera
x

10/6/22

Hermann Hesse sobre los árboles




Para mí, los árboles siempre han sido los predicadores más penetrantes. Los venero cuando viven en tribus y familias, en bosques y arboledas. Y aún más los venero cuando están solos. Son como personas solitarias. No como ermitaños que se han escapado por alguna debilidad, sino como grandes hombres solitarios, como Beethoven y Nietzsche. En sus ramas más altas susurra el mundo, sus raíces reposan en el infinito; pero no se pierden allí, luchan con todas las fuerzas de su vida por una sola cosa: realizarse según sus propias leyes, construir su propia forma, representarse a sí mismos. Nada es más sagrado, nada es más ejemplar que un árbol hermoso y fuerte. Cuando un árbol es cortado y revela su herida de muerte desnuda al sol, se puede leer toda su historia en el disco luminoso e inscrito de su tronco: en los anillos de sus años, sus cicatrices, toda la lucha, todo el sufrimiento, toda la enfermedad, toda la felicidad y la prosperidad están verdaderamente escritos, los años estrechos y los años lujosos, los ataques soportados, las tormentas soportadas. Y todo joven granjero sabe que la madera más dura y noble tiene los anillos más estrechos, que en lo alto de las montañas y en peligro continuo crecen los árboles más indestructibles, más fuertes, ideales.

Los árboles son santuarios. Quien sepa hablarles, quien sepa escucharlos, puede conocer la verdad. No predican conocimientos y preceptos, predican, sin dejarse intimidar por los detalles, la antigua ley de la vida.

Un árbol dice: Un núcleo está escondido en mí, una chispa, un pensamiento, soy vida de vida eterna. Única es la tentativa y el riesgo que la eterna madre tomó conmigo, única la forma y las venas de mi piel, único el más pequeño juego de hojas en mis ramas y la más pequeña cicatriz en mi corteza. Fui hecho para formar y revelar lo eterno en mi más mínimo detalle especial.

Un árbol dice: Mi fuerza es la confianza. Nada sé de mis padres, nada sé de los mil hijos que todos los años brotan de mí. Vivo el secreto de mi semilla hasta el final, y no me importa nada más. Confío en que Dios está en mí. Confío en que mi trabajo es santo. De esta confianza vivo.

Cuando estamos heridos y no podemos soportar más nuestras vidas, entonces un árbol tiene algo que decirnos: ¡Estad quietos! ¡Estate quieto! ¡Mírame! La vida no es fácil, la vida no es difícil. Esos son pensamientos infantiles… El hogar no está ni aquí ni allá. El hogar está dentro de ti, o el hogar no está en ninguna parte.

Un anhelo de vagar me desgarra el corazón cuando escucho el susurro de los árboles en el viento al anochecer. Si uno los escucha en silencio durante mucho tiempo, este anhelo revela su núcleo, su significado. No se trata tanto de escapar del propio sufrimiento, aunque pueda parecer que es así. Es un anhelo de hogar, de un recuerdo de la madre, de nuevas metáforas para la vida. Lleva a casa. Cada camino lleva a casa, cada paso es nacimiento, cada paso es muerte, cada tumba es madre.

Así susurra el árbol al anochecer, cuando nos inquietamos ante nuestros propios pensamientos infantiles: Los árboles tienen pensamientos largos, respiraciones largas y sosegadas, así como tienen vidas más largas que las nuestras. Son más sabios que nosotros, mientras no los escuchemos. Pero cuando hemos aprendido a escuchar a los árboles, entonces la brevedad y la rapidez y la precipitación infantil de nuestros pensamientos alcanzan una alegría incomparable. Quien ha aprendido a escuchar a los árboles ya no quiere ser árbol. Quiere ser nada excepto lo que es. Ese es el hogar. eso es felicidad